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Por qué tus fotos pesan tanto y cómo arreglarlo

El correo rebota, el trámite pide menos de 2 MB, WhatsApp te la deja borrosa. Antes de tocar nada, conviene entender de dónde sale ese peso: así sabes cuál de las tres palancas hay que mover en cada caso.

El peso sale de dos sitios, y solo de dos

Una fotografía digital es una cuadrícula de puntos de color. El archivo que guarda esa cuadrícula pesa más o menos según dos cosas: cuántos puntos hay y cuánto se ha apretado la información para guardarlos. Todo lo demás son consecuencias de esas dos.

Los píxeles: más de los que crees

Cuando el móvil dice «12 megapíxeles» está diciendo que cada foto tiene doce millones de puntos, repartidos en unos 4000 de ancho por 3000 de alto. Si cada punto necesitara tres números para su color —uno de rojo, uno de verde y uno de azul—, una foto sin comprimir ocuparía unos 36 MB.

Y aquí está la primera sorpresa: el peso crece con el cuadrado del tamaño. Una foto del doble de ancho no pesa el doble, pesa cuatro veces más, porque también tiene el doble de alto. Por eso pasar una foto de 4000 píxeles a 2000 no le quita la mitad del peso: le quita tres cuartas partes.

La compresión: el apaño que lo hace posible

Esos 36 MB no se guardan nunca. El formato JPG aprovecha que el ojo humano distingue muy bien los cambios de luz y bastante mal los cambios finos de color, y tira la información que no vas a notar. Así los 36 MB se quedan en 3 o 4, con una foto que a simple vista es la misma.

Eso tiene una pega que conviene conocer: es una compresión con pérdida, y lo que se tira no vuelve. Si comprimes una foto, la guardas, y mañana la vuelves a comprimir, estás tirando información sobre información ya recortada. Se nota en forma de manchas cuadradas alrededor de los bordes y de los textos. No pasa nada por hacerlo una vez; evita hacerlo cinco.

Por qué una captura de pantalla pesa más que un paisaje

Es la pregunta que más me han hecho, y la respuesta no está en la imagen sino en el formato. Las capturas se guardan normalmente en PNG, que es un formato sin pérdida: no tira nada, guarda cada punto exactamente como es. Por eso una captura de una hoja de cálculo —cuatro colores planos y mucho texto— puede pesar más que una foto de un atardecer con millones de matices.

El PNG es la elección correcta para capturas, logotipos y dibujos con pocos colores y líneas nítidas, porque el JPG les mete suciedad alrededor de las letras. Y es la elección equivocada para fotografías: ahí pesa muchísimo más sin aportar nada visible.

El caso raro es el HEIC, que es lo que guardan de serie los iPhone y bastantes Android. Comprime cerca del doble de bien que el JPG, así que tus fotos ocupan la mitad… hasta que intentas usarlas fuera del móvil y resulta que medio mundo no sabe abrirlas. Si conviertes un HEIC a JPG, prepárate: el archivo engorda, a veces al doble. No es un error de la conversión, es que el JPG comprime peor.

Las tres palancas, en orden de eficacia

Cuando una foto pesa demasiado se puede hacer tres cosas, y conviene hacerlas en este orden, porque la primera suele resolver el problema sola.

1. Quitarle píxeles

Es con diferencia la que más pesa en el resultado, y la que casi nadie usa. Si vas a mandar una foto por correo, publicarla en una web o adjuntarla a un trámite, 4000 píxeles de ancho no los necesita nadie: en una pantalla normal esa foto se va a ver a 1000 o 1500 como mucho.

Bajar de 4000 a 1600 píxeles de ancho deja la foto en poco más de la sexta parte de los puntos, y el archivo se desploma en consecuencia. Y no pierdes nada visible, porque esos puntos de más no se estaban viendo. Para eso está redimensionar.

2. Apretar más la compresión

Es lo que hace comprimir: mantiene las medidas y aprieta la información. El punto dulce está entre el 75 y el 85 % de calidad: ahí se ahorra muchísimo peso y la diferencia no se aprecia salvo que compares las dos imágenes pegadas y amplíes. Por debajo del 60 % empieza a verse suciedad en los bordes.

Un detalle honesto: si tu foto ya venía bastante comprimida —por ejemplo, una que te llegó por WhatsApp—, comprimirla otra vez apenas gana peso y sí estropea calidad. En ese caso, mejor la palanca número uno.

3. Cambiar de formato

El WebP comprime entre un 25 y un 35 % mejor que el JPG a calidad equivalente, y frente a un PNG de una captura puede quedarse en menos de la mitad. Es la mejor opción si la imagen es para tu web.

Ahora bien, si la foto va a salir de internet —a un trámite, a una imprenta, a un correo— quédate en JPG. El WebP lo abren todos los navegadores, pero fuera de ellos sigue dando problemas.

Cuántos píxeles necesitas de verdad

La respuesta depende de a dónde va la foto, y casi siempre es menos de lo que tienes:

Tres errores que cuestan calidad sin ahorrar peso

Ampliar una foto pequeña. Estirar una imagen de 600 píxeles hasta 2000 no añade detalle: lo inventa, y se nota en forma de bordes blandos. Si necesitas una foto grande, hazla grande desde el principio.

Mandar fotografías en PNG. Es el error silencioso: la foto se ve bien y pesa cinco veces lo que debería. El PNG es para capturas y logotipos.

Comprimir lo ya comprimido. Cada pasada tira información que no vuelve. Guarda siempre el original en una carpeta aparte y trabaja sobre copias: si te pasas de compresión, siempre puedes volver a empezar.

En resumen

Si solo te quedas con una idea: antes de comprimir, mira cuántos píxeles tiene la foto. En la inmensa mayoría de los casos el problema no es que esté poco comprimida, sino que es enorme para lo que vas a hacer con ella. Reducir las medidas resuelve el problema sin que se note, y deja la compresión como un retoque final en lugar de como el remedio.

Las tres herramientas están aquí mismo y funcionan dentro de tu navegador, sin subir nada a ningún servidor: redimensionar, comprimir y convertir a WebP. Y si tus fotos son HEIC del móvil, el primer paso es pasarlas a JPG.